Refinerías de basura: la doble solución a la gestión de residuos y a la energía sostenible

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El mundo tiene un problema: necesitamos producir energía y reducir, a su vez, la ingente cantidad de CO2 que emitimos. Una vez entendido que el CO2 es el mayor contribuyente al cambio climático y que la situación empeora año tras año, seguimos buscando soluciones para generar energía y tener un impacto menos significativo en el ecosistema.

Durante siglos, la gente ha quemado desechos para crear energía, pero enviando carbono a la atmósfera. Y transformar la basura en combustible limpio era una historia de ciencia ficción, más propia de películas como Regreso al futuro.

¿Cómo funciona?
Los científicos llevan décadas estrujándose la cabeza para dar con una fórmula que aproveche todos esos residuos de los que nos deshacemos en los hogares, como creando energía. Y, encima, energía limpia. El proceso es conocido como gasificación de residuos o pirólisis, e implica cortar y secar la basura no reciclable de hogares y oficinas, como envases y botellas, antes de pulverizarla con vapor y oxígeno a 2.200º para descomponerla en hidrógeno y monóxido de carbono. Los sólidos que quedan se venden como materiales para carreteras, y los gases producidos se pueden sintetizar y refinarlos en combustibles más ecológicos, incluidos los biocombustibles y el hidrógeno libre de emisiones.

Convertir algo malo en bueno. Uno de los pioneros de este sistema es la empresa Sierra Energy. Sus instalaciones pueden procesar hasta 10 toneladas de basura y producir una tonelada de hidrógeno por día. “Cuando arrojas basura en un hoyo en el suelo, lo que sucede es que sale una enorme cantidad de metano”, explicaba Mike Hart, director ejecutivo de Sierra Energy. El metano comprende el 20% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y es 25 veces más potente que el dióxido de carbono para atrapar el calor de la tierra, según la Agencia de Protección Ambiental. “Lo evitamos si podemos tomar ese desperdicio y convertirlo en algo valioso”, indica.

Reemplazar para reducir las emisiones. Los esfuerzos para transformar los desechos domésticos, así como los aceites de cocina usados ​​y las grasas animales, se producen mientras el sector del transporte libra una complicada batalla para reducir sus emisiones. Si bien la industria de la electricidad está en camino de descarbonizarse, el transporte representó casi una cuarta parte de las emisiones globales de dióxido de carbono en 2019, según la Agencia Internacional de Energía.

El año pasado, la Unión Europea rescató al sector de las aerolíneas tras el golpe de la pandemia, premiando a las aerolíneas que aumentan el uso de biocombustibles, que incluyen combustibles hechos a partir de desechos domésticos o cultivos agrícolas. Pero reemplazar los combustibles baratos y sucios como el queroseno y el diesel que alimentan a los vehículos más grandes del mundo resulta difícil.

No gasta tanto. El proceso de gasificación de residuos o pirólisis convierte la basura de hogares y oficinas en combustibles de bajas emisiones y no es tan caro. Aunque estos resultados sugieren que los biocombustibles derivados de la pirólisis son competitivos con otros combustibles alternativos, la tecnología aún es relativamente inmadura.

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