Ensayo sobre mi ceguera

Un testimonio en primera persona que conmueve y que podría ser la historia de descubrimiento de muchas familias más.

“La mejor experiencia es que aprendí a disfrutar de mis hijos”.

RIO GRANDE.- Una joven mamá cuenta cómo la pandemia salvó a su hijo de ser medicado ante un presunto Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y cómo además, gracias al aislamiento, la familia recuperó los espacios y momentos perdidos por el trabajo y las obligaciones.

Comenzamos con este recorrido cuando mi hijo terminaba jardín, salita de 5. Las indicaciones para su hijo eran: terapias, evaluaciones, derivaciones, consultar varios especialistas, neurólogo, psicólogo, psicopedagogo, terapista ocupacional, con el objetivo de llegar a un diagnóstico; de forma paralela comenzamos con un tratamiento para revertir algunas conductas “poco frecuentes para un niño de su edad”: Diagnóstico presuntivo, TDAH (trastornos de déficit de atención con hiperactividad).

Entre los horarios de la escuela, consultas médicas, estudios complementarios y terapias, ocupamos toda la semana, mañana y tarde.

Por recomendación del equipo de profesionales intervinientes, mi hijo debía realizar alguna actividad física, ¡es importante para un niño el deporte!, entonces buscamos alguna actividad que se adapte a nuestros horarios… Nada fácil.

Solo quedó la opción de inscribirse en judo 45’ dos veces por semana. Vale aclarar que no elegimos ese deporte, sino que seguimos las sugerencias de los profesionales de optar por deportes relacionados con artes marciales, que formen la disciplina y la conducta. Y aclaro además, que es un deporte maravilloso y estoy muy agradecida de todo lo que aprendimos con el acompañamiento del Sensei, incansable, de vocación impecable.

Así pasaron dos años de terapias: cambios de horarios, que tengo que acomodar los turnos, cancelaciones, reprogramación de turnos, suspensiones porque no trabajo con tu obra social, médicos itinerantes, estudios complementarios, informes, corridas, almuerzos, meriendas y cambios de atuendos dentro del auto para poder llegar y cumplir con todo. Comida de panadería y rotiserías, ya que el reloj siempre está corriendo más rápido que nosotros.

Además, cuando llegábamos al fin a casa, teníamos que seguir las indicaciones y consejos para aplicarlos en las actividades de la vida diaria, planificaciones, ayudas visuales, almanaques, rutinas, pictogramas, agendas, itinerarios, además de la tarea del colegio, por supuesto.

Qué difícil… cansador, estresante, pero es la salud de mi hijo! Y debo hacer lo mejor que pueda por él.

Entonces, en la última consulta con la neuróloga, me dice que vamos a tener que optar por un tratamiento farmacológico para TDAH, ya que el tratamiento conductual no está dando los resultados que esperábamos; este año le toca un grado difícil, que no es conveniente que se atrase. La medicación lo ayudará a mejorar su conducta, a concentrarse, a permanecer más tiempo sentado en la escuela, va a mejorar su relación con la familia y con sus amigos, va a aprender a demostrar sus sentimientos y expresarse mejor. Con el papá realmente no queríamos llegar a tener que medicar a nuestro hijo. No es una decisión fácil. Expresamos nuestro miedo y decidimos pensarlo bien.

Y entonces empezó la pandemia…

Comenzó el aislamiento y se suspendieron todas las actividades, turnos, consultas, terapias, etc. Papá y mamá no podíamos salir a trabajar. Y comenzamos a pasar más tiempo en familia, a compartir más cosas, ya no corríamos todo el día tratando de cumplir con las terapias, ya no almorzábamos y merendábamos en el auto para poder llegar a tiempo a los turnos.

Ahora cocinaba con mis hijos, aprendimos a hacer varias comidas ricas, como diferentes tipos de quesos, yogurt, panes y tortas. Nos sentamos todos juntos a desayunar, almorzar, merendar y cenar cada día. Conversamos, contamos historias. Hacemos videollamadas más seguidas para conversar con la abuela, las tías y los primos que viven en otras ciudades y en otros países. Aprendimos más sobre sus intereses, leímos más libros, inventamos más historias, descubrimos la música y canciones que nos gustan. Salimos a caminar, a correr, a pasear en bici, a pescar, a nadar (sí, en Río Grande nos metimos al mar), hicimos picnic en la playa, juntamos caracoles, hicimos castillos de arena, escribimos, pintamos, tocamos el violín, tocamos la guitarra, escribimos canciones que luego cantamos, plantamos- cosechamos, cocinamos-comimos nuestros menús.

Compartimos tantas experiencias que parece mágico, nunca lo había pensado posible.

Pero la mejor experiencia es que aprendí a disfrutar de mis hijos, a conocerlos y escucharlos, a disfrutar de su compañía, de sus peleas, de sus berrinches, de su amor y sus locuras; en fin, aprendí a disfrutar de su compañía de una manera muy diferente. La vida nos obligó a abrir los ojos. Mi miedo era cómo seguimos sin terapias, sin la presencialidad de la escuela.

De a poco fui notando que mi hijo se sienta a hacer sus tareas solo y sin ningún problema. Él se conecta a las clases vía Meet solo y permanece sentado 3 o 4 horas diarias sin mayor problema, completa sus carpetas y todas las tareas, tiene muy buenas notas y trabaja a la par que sus compañeros sin ninguna asistencia especial, tiende su cama, prepara su desayuno y ayuda a su hermana con el de ella. Colabora con los quehaceres de la casa según su edad. Y siempre está dispuesto a recostarse en la alfombra para un cuento más antes de dormir.

Y entonces entendí cuál era el verdadero “déficit” en su vida.

Mi hijo no es perfecto, es único, es original, es especial, es un niño feliz que crece a su ritmo. Y me siento feliz de acompañarlo en su desarrollo. Entiendo que es un camino a recorrer y vamos a hacerlo juntos, y que hoy puedo verlo.

Pienso que la pandemia nos ayudó y que está en nosotros poder sacar lo mejor de cada uno aún en las situaciones más adversas. El aislamiento social es una etiqueta que está sobrevalorada, porque hoy nos sentimos más cerca que nunca.

En el camino de profesionales y especialistas me tocó conocer a una pediatra que se dedicó a controlar la salud de mi hijo, a escucharlo, evaluarlo, jugar con él y sobre todo entenderlo. No solo en el ámbito del consultorio, sino en diferentes contextos. (Dra. Soledad Acevedo).

Un otorrinolaringólogo que me dijo “no nos precipitemos con los diagnósticos”, vamos a respetar sus tiempos¨. (Joaquín Randon).

Un equipo de Kumon Río Grande que nos acompañó y nos enseñó que aprender puede ser muy, pero muy divertido.

Y a la escuela, siempre acompañándonos de cerca, con mucho amor y empatía. En la virtualidad más presente que nunca.

Eternamente agradecida. (JIF).