Buenos Aires - Es que en las horas posteriores a la rebelión opositora en la Cámara de Diputados, los sectores políticos dominantes ya dejaron en claro cuáles serán sus "armas de destrucción masiva" para el caso de que se registre una confrontación final.
Por el lado del Gobierno, la apelación al instrumento del veto presidencial para devolver al Congreso leyes que a su juicio socaven la gobernabilidad, como podrían ser las reestructuraciones del Consejo de la Magistratura y el INDEC. A su vez, la oposición guarda bajo siete llaves el recurso del juicio político, que podría utilizar contra la autoridad presidencial en caso de que Cristina Kirchner incurra en una suerte de "vetocracia" que desconozca al Congreso.
La conformación de comisiones como la de Asuntos Constitucionales en la Cámara baja, que se discute por estos días tras la designación de las autoridades del cuerpo, será clave para determinar el curso de los acontecimientos. Estos recursos extremos son, justamente, los que posibilitarán el nuevo equilibrio político argentino, que dominará una etapa de transición -posiblemente durante todo 2010- hasta que en los primeros meses de 2011 se largue la carrera presidencial. En el medio habrá roces y acusaciones entre oficialistas y opositores, pero también acercamientos como los que protagonizaron Daniel Scioli y Ricardo Alfonsín, en una charla muy cordial, o Francisco De Narváez y Alberto Balestrini.
"Vos qué hacés por acá, Colorado", preguntó el vicegobernador mientras abrazaba a De Narváez. "A vos qué te parece, adiviná", replicó el líder de Unión-Pro, que llegaba a la Legislatura para asistir a la jura de los diputados electos el 28 de junio. Balestrini aún saborea un trago amargo: la Cámara de Diputados bonaerense modificó el proyecto de reforma política sancionado por el Senado, con su participación, y eliminó entre otros puntos la prohibición a las "candidaturas testimoniales".
La particularidad es que las modificaciones no habrían sido realizadas en La Plata, dado que se discute la reforma política en la órbita bonaerense, sino en la porteña Casa Rosada, con intervención del secretario Legal y Técnico, Carlos Zanini.
Más allá del desbarajuste político que esto significa, la situación muestra que el ex presidente Kirchner no está desmoronado -como aseguró Elisa Carrió tras la última sesión de Diputados- sino que sigue dando pelea por el control del poder. Se sabe que la provincia de Buenos Aires es el distrito que define los resultados electorales y el ex presidente busca garantizarse allí unas reglas de juego que lo mantengan en carrera, por lo menos a nivel de expectativas internas. Un viejo dicho asegura que el peronismo, núcleo del sustento político del Gobierno, acompaña a sus líderes hasta la puerta del cementerio, pero no entra con ellos. Si lo sabrá Carlos Menem, que pasó del poder total al ostracismo político. Por eso muchos peronistas ya miran de reojo los pasos que van dando dirigentes como De Narváez, Felipe Solá o Eduardo Duhalde.
Y hasta tratan de interpretar, las más de las veces sin fortuna, qué estará pensando Carlos Reutemann en este momento. Sucede entre los popes sindicales, algunos aún cercanos a Hugo Moyano, que de a poco se despegan del oficialismo: las seccionales bonaerenses de la UOM, UPCN y Sanidad acompañaron esta semana a Luis Barrionuevo en un acto en La Plata. Pero la tranquera no está abierta de par en par. La causa que instruye el juez Norberto Oyarbide por la denominada "mafia de los medicamentos" es considerada por muchos como un efectivo dique de contención que el kirchnerismo puso a los gremios.
Es que la imagen del histórico dirigente bancario Juan José Zanola saliendo con esposas de una dependencia policial resultó muy elocuente para algunos dirigentes sindicales cuyas obras sociales no se habrían portado muy bien en los últimos años. No sólo los jefes sindicales siguen con lupa los pasos de Oyarbide. También están muy pendientes del mediático magistrado en Bolívar 1, sede del Gobierno porteño. Allí, Mauricio Macri tiembla cada vez que el juez habla en la puerta de su casa. En medio de esta situación, el jefe de Gobierno tiene aspiraciones presidenciales, idénticas a las de sus socios De Narváez y Solá. Parecidas a las de Duhalde. Y similares a las de Elisa Carrió, Hermes Binner y Julio Cobos.
El vicepresidente acaba de dar un paso fundamental al participar del armado de la nueva conducción de la UCR, que encumbró a su coterráneo Ernesto Sanz y consolidó una estructura que vuelve a estar en condiciones de pelear el poder grande. Pero está claro que la oposición no es un bloque monolítico y que de eso se puede valer el Gobierno para sacar adelante una gestión que luce desgastada, necesitada de una oxigenación que le permita recuperar el crédito popular.