Unió La Quiaca con Ushuaia a pie y ahora canta su tristeza en las calles de Recoleta

Con su guitarra, Juan Carlos Bladivares capta la atención de vecinos y turistas.

LA NACION.-  El sol del mediodía infunde una cierta calidez a la fría jornada otoñal. En el sencillo banco de cemento descansa una guitarra criolla reluciente, aunque es evidente que sus cuerdas fueron fieles testigos de infinitos valses, chacareras y tangos. Un hombre alto, de barba y pelo completamente blancos, la piel curtida por el inclemente sol que la doró durante tantos años y con profundos surcos que reflejan los años vividos, la acaricia como si se tratara de un perro fiel.
Juan Carlos Bladivares, el autoproclamado caminante argentino, es casi una leyenda en Recoleta. Cada día, de lunes a sábados, este juninense despliega una prolija manta sobre un simple cajón para disponer su variada biblioteca musical: varios CD que integran el repertorio de este hombre-orquesta que hoy se dedica a la música, pero que a lo largo de sus 82 años incursionó en una variedad de oficios: desde ebanista hasta fabricante de prótesis dentales, pasando por dueño de hornos de ladrillo.

Prolijamente ataviado con una camisa con flores, pañuelo al cuello y el infaltable sombrero de ala ancha decorado con una cinta de la bandera argentina, Juan Carlos se jacta de ser el único argentino que, a lo largo de tres años y medio, recorrió el país de La Quiaca a Ushuaia caminando. Una promesa a su mujer poco antes de que muriera fue lo único que necesitó para emprender aquel viaje, hace 18 años. “Mi vida fue muy dura, sigue siendo dura, pero soy un hombre de temperamento”, explica.
Un pasado que prefiere olvidar lo encuentra durmiendo en la calle, caminando las vías del tren, buscando escapar de una infancia de abandono, tristeza y soledad. “Soy hombre del camino”, reflexiona. Dice tener vivos un par de hermanos y varios sobrinos, a los que no ve seguido. Su presente, su único aliciente, es su guitarra. Confiesa que la música, además de sacarlo de la pobreza, fue siempre un potente imán para las damas: “Era el único cantor en las fiestas, siempre me iba con una novia”, recuerda con picardía.

Una voz prolija y fuerte acompaña el sonido de las cuerdas. Curiosos que escuchan se acercan y se interesan. En su gran mayoría son turistas que desandan el camino desde el cementerio hacia la avenida Quintana. Una pareja francesa le pregunta en inglés si vende su música. El trovador, haciendo gala de un modesto pero suficiente uso del idioma, les responde que todo está en sus CD. Finalmente se llevan una colección de cuatro, previamente firmados y dedicados. “Los turistas son los que me dan de comer. A los de acá les parece caro”, rezonga.
“¿A qué le canto? Al amor, siempre al amor. Eso ando buscando, aún a mi edad. La plata no me interesa”, entona en una de sus tantas chacareras. “La gente piensa que canto porque estoy contento, pero no es así. En los pájaros, se descubrió que cantan porque están tristes. A mí me pasa lo mismo, yo canto para sobrevivir, no porque sea dicharachero y esté alegre”, suelta. “Cuando vuelvo al hotel no me falta nada, pero estoy solo con mis recuerdos, y eso me pone triste. Mi bálsamo es el canto”, reconoce.

“El caminante argentino tiene la suerte de conocer bien su patria, y por eso le canto también a ella”, vuelve a entonar. Esta vez lo hace para un contingente de jóvenes italianas que, maravilladas, lo escuchan con devoción. El encanto, parece, sigue intacto.

LA NACION
Buenos Aires

Juan Carlos, el trovador que es leyenda en Recoleta Juan Carlos, el trovador que es leyenda en Recoleta.

Juan Carlos, el trovador que es leyenda en Recoleta
Juan Carlos, el trovador que es leyenda en Recoleta.